Llevo ya bastante tiempo queriendo escribir sobre la ciudad en la que vivo y que siento mía: MADRID, con la es inevitable establecer, lo que yo llamo una profunda relación de amor-odio: no se puede vivir con ella pero sin ella tampoco.
Madrid es una ciudad de veranos demasiado calurosos, demasido asfalto y polución e individualismo por doquier. Tiene excesivo tráfico y lineas de metro muy saturadas.
Madrid lo que tiene, principalmente, es demasiada PRISA.
Llegué aquí sorprendida por la peculiar belleza de de una gran urbe llena de árboles (es la segunda ciudad del mundo con más árboles, depués de Tokio), que la hacen acogedora en cierto modo.
No me gustaba mi barrio de altos edificios, con sucursales bancarias en los bajos y me escapaba al de al lado, un oasis de casas bajas que dejan a la vista mucho cielo, calles con mil recobecos y esencia de pueblo, a pasar tardes enteras en aquel banco de piedra sobre el suelo de arenilla -hoy asfaltado-, charlando de todas las cosas importantes de la vida que se hablan a los 12 años.
Madrid me ha visto crecer y trasnochar de vez en cuando por los bares de Argüelles y Moncloa, Bilbao, Alonso Martinez y Huertas, por este orden empezando desde casi la adolescencia, en
noches de emborrachada felicidad y amistad eterna y sin estrellas y es que Madrid no duerme.
He podido ver como en Navidad las calles del centro se llenan hasta rebosar la gente, algunos con pelucas de colores del peculiar mercadillo de la plaza mayor en el que se mezclan figuritas del
belén con todo tipo de parafernalia carnavalesca, las luces de neon junto a los adornos navideños, las bolsas de regalos y lo irónica que puede llegar a ser la vida para mucha gente.
La ciudad también me ha visto enamorarme y dar paseos mágicos en la madrugada rodeada de majestuosos edificios, para finalizar en Cibeles, esperando el buho, junto a muchas caras
cansadas pero felices o quizá no tanto, pero con el claro reflejo de que esa noche, habían vivido.
Me he manifestado en sus calles, bajo el sol y la lluvia... junto a centenares de personas, de todas las edades y con la mente de todos los colores y es que Madrid tolera y adapta al paso te
adaptas a ella. Está más que acostumbrada a que cada uno sea de su padre y de su madre, y que cada uno haga su vida. Te permite tener toda la privacidad e independencia que puedas
desear al mismo tiempo que te hace echar de menos la cercanía de la gente.
He visto arder una torre y al mismo tiempo que he visto crecer otras cuatro moles de hormigón mucho más altas, levantados a velocidad de planta por semana. Las cuatro torres casi con nombre de película de aventuras imposibles, que señalan Madrid desde puntos kilométricos bastante lejanos y que ensombrecen el norte del Paseo de la Castellana y la pista a la que voy a patinar. Símbolo de progreso de la ciudad pero con más inconvenientes que ventajas.
Madrid es una ciudad abierta, de gente muy distinta y que sonrie poco en el metro, gente que sale muy temprano de casa para ir a trabajar recorriendo largas distancias en tren, metro, coche o autobus y que por lo general vuelve tarde a casa. Gente que ve las distancias de otro modo y ha desarrollado una asombrosa para habilidad para hacer malaberes con el tiempo.
La ciudad ofrece prácticamente todo lo que se te pueda ocurrir, pero supone un reto a la hora de encontrar la tranquilidad y el tiempo necesarios para poder disfrutarlo.
Vivir en Madrid hace que cada cierto tiempo tengas la imperiosa necesidad de salir para ver paisajes más salvajes y más verdes, para pisar tierra y ver estrellas.... y siempre, VOLVER a Madrid.
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